(Parte I)
"He estado observando la escoria
y la mugre de la ciudad día tras día en el último piso del edificio más alto de
unas de las ciudades más importantes del mundo.
Cansada de la misma rutina de
todos los días, me mude al valle más lejano al otro lado del país. Así al
levantarme la única vista que podría rodearme es el infinito verde que se
extiende hasta al horizonte donde yace el sol alzándose durante las primeras horas
de la mañana.
Podría decir que al fin tenía
un poco de soledad para mí, y que no tenía que preocuparme de los vecinos por
encima, debajo y hacia un costado mío. Pero la verdad era, que aunque viviera
en una vieja cabaña de tronco y piedra, me rodeaban algunas pequeñas casas
formando una especie de pueblo. Aunque la distancia entre todas las cabañas era
impar, a veces durante la hora de cenar se podía sentir el olor a comida
cacera, o por las mañanas bien temprano el olor a pan golpeaba contra mi
ventana deslizándose hacia dentro de mi habitación.
También podría quejarme de que
de vez en cuando los vecinos se preocupaban por mí o me saludaban desde la
calle si me encontraba tendida en la hamaca que colgaba de mi balcón. Pero la
verdad era que me alegraba de haber dejado toda mi vida y rutina urbana por un
poco de naturaleza. La gente podría definirse en pocas palabras, pero todas se
resumirían en una sola: amables.
A veces daba paseos por el
camino empedrado que recorría todas las casas y llegaba dónde pequeños
pastizales que se alzaban hasta mi cintura, tapaban la entrada de una vieja
pero enorme casa que se extendía por encima de todas ellas. El techo de teja
negra estaba manchado por la humedad y roto por el pasar de los años. El piso
de madera de la entrada, estaba tan desgastado que podía notarse desde lejos su
color gris opaco. Una puerta lo bastante grande para que entraran dos personas,
era de un suave blanco y le daba un poco de vida al lugar. Combinando con las
ventanas, y los postes, las paredes llevaban una pintura azulado con algunas
grietas y un poco de cemento a simple vista.
La chimenea siempre comenzaba a
echar humano cuando el atardecer cubría el valle. De todos los que vivíamos
allí jamás vimos salir o entrar a alguien, ni siquiera a un pobre y desdichado
animal que rondase por ahí en busca de comida.
Pero todo ese misterio cambió
el día que me atreví a cruzar aquellos pastizales y golpear la puerta: tres veces
seguidas. Esperando una respuesta, me asomé por las ventanas y junte mis manos
junto a mis ojos, intentando descubrir lo que había allí dentro. Pero fue como
buscar color en una habitación completamente oscura. Suspiré profundo, y exhalé
lento. Giré el picaporte de plomo dorado y la puerta se abrió, y un aroma a
polvo y vejez me inundo por completo como si buscara una salida para liberarse..."
Blackstorm
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